Eduardo Rodríguez Rovira

En estos días en que la población esta confinada, tenemos mucho tiempo libre, no solo las personas mayores ya jubiladas. Decía Diógenes Laercio que una de las cosas difíciles en la vida era hacer un buen empleo del tiempo que disponemos. Su pensamiento es muy oportuno en estas circunstancias.

Como pasa siempre en un colectivo, especialmente en el de la personas mayores, que no es nada uniforme, sustentamos una amplia gama de actitudes, desde quienes se aburren soberanamente porque no tienen nada que hacer, mirando pasivamente la televisión, hasta quienes confiesan que le faltan un par de horas al día para hacer todo lo que les gustaría hacer, compartiendo la opinión de Norberto Bobbio, que vivió 95 años, de que la vejez no es que sea mala, sino que dura poco…

Tenemos tiempo para hablar con los viejos amigos, leer los viejos libros y beber un viejo vino, como subrayaba el cásico. Aunque la mayoría no tendremos el jardín cerca de la biblioteca, que sugería Cicerón para que no nos faltara nada. Muchos de los que se escaparon a tiempo a su apartamento de la playa, de donde no pueden salir y solo pueden ver el paisaje a través de una ventana, echarán de menos algunas de estas cosas al haber dejado todo su mundo personalísimo en su casa principal.

Sin embargo, pienso que lo más significativo de este confinamiento es el cambio revolucionario que se está produciendo en la comunicación. Los españoles enclaustrados estamos siendo empujados a participar en redes sociales, entrar en Internet, formar parte de comunidades virtuales, comunicarnos a través de fotos y videos, comprar por medios digitales etc. Familias enteras están trabajando a distancia desde casa, los padres relacionándose con sus empresas y clientes y los hijos siguiendo las clases por ordenador. Los niños distraídos con sus juguetes electrónicos.

El mundo digital ha irrumpido definitivamente rompiendo las últimas barreras que se le oponían todavía. Muchas empresas lo han comprobado enviando sus ordenadores a los empleados para que siguieran trabajando en sus casas. A partir de ahora pocos empleados dejarán de estar conectados, incluso los que realizan trabajos manuales. En la educación, la preocupación es la de aquel 10 % de hogares en los que los estudiantes no han podido conectarse por no tener los medios y a los que habrá que proporcionárselos para que no se queden atrás. Las compras y gestiones por Internet que ya realizaba 47% de la población, muchos ocasionalmente, han aumentado considerablemente en estos días. Así en todos los órdenes de la vida, no olvidándonos por supuesto de la sanidad. Los que se han quedado retrasados en la nueva sociedad de la información se han percatado de que ya no pueden seguir como hasta ahora.

¿Y las personas mayores? Hace años, cuando esto empezaba, decía el sociólogo Amando de Miguel que “uno de los mayores pesares de la jubilación es que al cortar con el trabajo y las relaciones sociales se deja de recibir información. Por fortuna entramos en una época pronta a facilitar las redes informativas a través de artilugios electrónicos. De momento se trata de un juguete para los mozos, pero puede ser la salvación para los viejos”.

Efectivamente, al comienzo de siglo, solo un 1 % de los mayores de 65 años estaba conectado en su domicilio y sin banda ancha. Las organizaciones de mayores nos comunicábamos con papel. Hoy más del 65 % de las personas entre 65 y 74 años están conectados. En el grupo de mayor edad evidentemente el porcentaje baja, pero muchos mayores de 80 años lo están. No hay prácticamente brecha de género en este aspecto y además estamos en línea con lo que sucede en la UE, habiendo cerrado el desfase que existía entonces.

El aislamiento ha forzado a las personas mayores a conectarse virtualmente con su familia y amigos. La comunicación a través de WhatsApp se ha sextuplicado en estas semanas, participando en ello los mayores. Y algo muy importante para las relaciones intergeneracionales. Ha quedado resaltado el respeto, el apoyo y el cariño a las personas mayores en la población en general, cuando el riesgo las cerca y se han visto separadas y confinadas. El contacto entre las familias que en circunstancias habituales era más ocasional, ahora era diario. Qué lamentable que algunas instituciones oficiales hayan sido paradigma de falta de humanidad.

Ciertamente, en muchas cosas va a haber un antes y después de esta pandemia. Algunos han llamado a este tipo de reflexiones filosofía de salón. Desde luego el cambio cultural va a ser evidente en estilos de vida y nuevas demandas, a nivel personal y social, en el mundo de la empresa, la educación, la sanidad etc. También desearíamos que a la vista de lo ocurrido en el manejo de la pandemia mejorara del mundo de la política, pero por una vez dejemos de hablar del coronavirus y de otros temas tóxicos.

 

Eduardo Rodríguez Rovira
Presidente de Honor de CEOMA