Eduardo Rodríguez Rovira

Se multiplican desgraciadamente las noticias sobre la temida irrupción de la epidemia del COVID-19 en las residencias de ancianos (en Madrid, Valencia, Aragón etc.) en las que la consecuencia entre los residentes no consiste en tener los síntomas de una gripe normal, sino en las complicaciones fatales que provoca.  Los datos detallados, cada día crecientes y alarmantes pues tienen un crecimiento exponencial, están recogidos en los medios de comunicación.

Hasta los no expertos preveían que uno de los puntos débiles en la defensa contra la pandemia iba a estar relacionado con estos centros donde se concentran las personas de mayor riesgo, por lo que se crearon protocolos específicos, prohibiéndose las visitas de familiares y estableciendo que se aislaran en sus habitaciones a los sospechosos de estar infectados. Pero mucho nos tenemos que los protocolos no tocaron los aspectos claves, como lo demuestra el número residencias que están siendo afectadas y especialmente el de casos fatales. Las cifras son ya perturbadoras. No queremos pensar en la situación de angustia que el conocimiento de estos hechos produce en los mayores y en sus familiares.

Lógicamente lo que salta a la prensa son las noticias alarmantes y se olvida los cientos de residencias que no se han encontrado con estos problemas gracias a las medidas extraordinarias de prevención que han establecido. Varios operadores importantes, por ejemplo, Cáritas, han creado sus propios gabinetes de crisis para proteger su población interna. Tenemos que agradecerles los enormes esfuerzos que están realizando para preservar a una población muy vulnerable del ataque insidioso del virus.

Siempre hemos considerado que las residencias de cierto tamaño tenían que ser consideradas centros sanitarios, no meras extensiones del hogar, por las numerosas complicaciones que afectan normalmente a las personas de edad. Cuando suceden catástrofes como pasa ahora, nos confirmamos en esta opinión.

A las organizaciones de personas mayores nos han llegado, mientras tuvimos abiertas las oficinas y ahora a través de medios telemáticos, numerosas quejas de los internos y de cuidadores y personal sanitario sobre la falta de medios preventivos que aqueja a los centros residenciales, como les pasa a los hospitales. Pienso que la logística, recursos humanos y material médico, es el problema inmediato que debe quedar resuelto ahora que se acerca el pico de la pandemia.

Asimismo, una de las quejas de los familiares es la opacidad de la información y este es un problema relativamente fácil de solución. También se han quejado de que se les ha pedido en algunas residencias que los familiares se lleven a los internos a sus casas.

En las organizaciones de mayores nos preocupan también los dos millones y medio de personas mayores de 65 años que viven solas en sus casas. Su soledad es en estas circunstancias clamorosa. Solamente me gustaría llamar la atención sobre ese movimiento de solidaridad que numerosos voluntarios, jóvenes en muchos casos, se ha creado. En momentos de crisis aparecen excelentes ejemplos a seguir.

 

Eduardo Rodríguez Rovira
Presidente de Honor