Eduardo Rodríguez Rovira

La pandemia por coronavirus está afectando fatalmente a las personas mayores y a las que, de cualquier edad, están comprometidas sanitariamente por enfermedades importantes.

Esto sucede no solo en las epidemias sino en todas las catástrofes naturales, situaciones de guerra, hambrunas etc. en las que la generación mayor queda diezmada y a veces desaparece. En estas circunstancias se da prioridad, como es lógico, a los niños y embarazadas, mientras que en muchas ocasiones las personas mayores constituyen un “colectivo invisible”,  como decía el Foro Mundial de ONG sobre el envejecimiento en 2002. No es este el caso, pues las informaciones diarias son dramáticas y todo el mundo es consciente de las consecuencias del desastre de las personas mayores.

Pero existe la sospecha, respaldada por los datos del reciente informe del Instituto de Salud Carlos III, de que las espeluznantes cifras de fallecidos que rutinariamente se nos ofrecen cada día son inferiores a las reales. Algo que es confirmado por muchos profesionales sanitarios. Oficialmente se consideran muertes por coronavirus cuando las pruebas han dado positivo. Pero a muchos pacientes que mueren en su domicilio o en las Residencias no se les realiza.

Recuerda esta catástrofe, lo que ocurrió con la tremenda ola de calor de 2003. En Francia se provocaron 15.000 muertes en su mayor parte personas mayores. En España se informó solo 141, porque naturalmente nosotros estábamos más acostumbrados a las altas temperaturas. Cuando el INE comparó los datos reales con los registrados en años anteriores se descubrió que se había producido en el mes del suceso una desviación de más de 6.000 muertos entre las personas mayores. La ola de calor sí que afectó a las personas de edad españolas. Como en el caso actual, la deficiente información provenía de las comunidades autónomas.

Constatamos una vez más el fracaso estratégico de la organización de la sanidad española, que ha dejado en mínimos una estructura central imprescindible, como se ha visto ahora. No hay información exacta y rápida de lo que ocurre, no hay transparencia, no existen técnicos de base que siempre tuvo el ministerio o han perdido sus funciones, ni comités científicos que asesoren, y si asesoran no se les hace caso; la capacidad de gestionar como hemos visto en el aprovisionamiento de material y equipos médicos es desastrosa. Creemos que la situación es tan turbadora que nuestros políticos tendrán que reaccionar cuando la crisis acabe. No se trata de ir contra el Estado de las Autonomías, sino completarle lo que le falta, cumpliendo leyes como la de la Calidad y Cohesión del Sistema Sanitario de 2003 o creando otras nuevas, sino fortaleciendo el ápice del sistema para no naufragar en las crisis.

La vulnerabilidad de las personas de edad es patética en el caso de los centros residenciales de mayores. La tasa de fallecimientos es difícilmente asimilable, con cifras contradictorias que requerirán confirmación. De siempre fuimos partidarios de ”medicalizar” las residencias y que no fueran solo centros sustitutivos del hogar.  Preveíamos algo negativo, no tan desastroso, porque significaban grupos de riesgo concentrados, pero nos ha desconcertado la falta de acciones preventivas en cuanto se conoció la gravedad de la pandemia. Pienso que también se tendrá que revisar el sistema de la Dependencia y aumentar su financiación, cuando nos recuperemos de esta epidemia.

 

Eduardo Rodríguez Rovira

Presidente de Honor